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Entrevista: Luciano Cáceres

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Entrevista: Luciano Cáceres

ENTREVISTA A LUCIANO CÁCERES


Luciano Cáceres:

“Una familia sobrellevando todo lo sucedido siempre con la risa y siguiendo adelante, no viendo el monstruo que engendraron”

Luciano Cáceres (1977), actor y director argentino de destacada actividad tanto en teatro como en cine, quien ya se ha presentado con sus espectáculos ante el público uruguayo, ahora ensaya con el elenco de El Galpón, dirigiendo la obra Peng, del autor alemán Marius von Mayenburg (1972), en la que volcará su experiencia con otras obras del teatro alemán contemporáneo. Conversamos sobre este próximo estreno.

Luis Vidal Giorgi

—A modo de difusión y presentación, contanos de los últimos espectáculos teatrales que has hecho, algunos que vas a traer acá, por supuesto, y también en cine, ya que estuviste trabajando en películas.

—Sí, perfecto. Comienzo por el cine. En Uruguay filmé hace un año y medio El susurro, una película de Gustavo Hernández, en coproducción con Argentina: es una de vampiros, pero de vampiros emocionales. Y, en febrero del año pasado, Carne, la ópera prima de Tomás Marichal Urbán, un director muy joven; es una película difícil de catalogar a qué género pertenece, porque plantea un Uruguay ya sin ganado, pero en el campo de una familia muy poderosa, que está relacionada con la política también y con aspiraciones bastante particulares. Todavía hay carne. ¿Y carne de qué hay? No puedo adelantar demasiado, pero la gente entra ahí y después no sale. Es muy truculenta la película. Con elenco argentino y uruguayo, muy linda experiencia.

En teatro, en breve voy a cumplir 30 años como director. Mis últimos trabajos tienen que ver con el teatro alemán. Dirigí varias obras de René Pollesch (1962-2024): Esposas de dictadores, Ciudad como botín, Sex, según Mae West. Y también Pieza plástica, de Marius von Mayenburg. El mismo autor que me trae acá.

—¿En nuestro medio se han hecho obras de este autor?

—Sí, acá se hizo Cara de fuego, hace varios años. Creo que se hizo por la Comedia en el Solís. Es un autor y director alemán muy importante. Y después, como director, hay varias obras que traje acá también: El ardor, de Alfredo Staffolani, que estuvo en el Sodre, en El Galpón y de gira por Uruguay.

Y la última obra que dirigí es Subacuática, la adaptación de la novela de Melina Pogorelsky, cuya particularidad es que sucedía en una piscina real. O sea, el público entraba a una pileta. Se ponía alrededor de la piscina como si fuera un teatro, pero en el escenario real.

Entonces fue una experiencia particular y muy linda, que duró dos años en Argentina. Una experiencia distinta y una historia que tiene mucho humor y, sobre todo, es muy triste, porque es la historia de un hombre que pierde a su mujer el día del nacimiento de su hija. Y durante cinco años no sabe muy bien qué hacer con la criatura, pero en la natación encuentra un espacio donde la chica está entretenida, donde su hija y él también pueden nadar. Y en esa piscina empieza a sanar el recuerdo de la muerte de la madre de su hija. Y en paralelo empieza a conocer a una madre soltera que lleva a su hijito. Entonces es una historia de amor, de sanación, y habla de la crianza hoy. Una historia muy hermosa.

—Vayamos a Peng. En El Galpón se ha presentado Arturo Ui, de Brecht. ¿Peng es como un Arturo Ui de los tiempos contemporáneos, donde los líderes son un poco payasos sin dejar de ser crueles?

—Sí, y además están relacionados con los medios, con la espectacularidad de lo que plantean. El nacimiento de esta criatura tiene que ver con el nacimiento de un Trump. Sin duda están emparentados con eso y con muchos Trumps que están apareciendo por todos lados. Personajes que no venían de la política, pero sí que venían por todo. Y de una manera muy particular.

Primero, ya desde el nombre, Peng, un juego con la palabra de algo que está explotando, un disparo. Es alguien que a los cinco años ya tiene una ametralladora. Pero la obra arranca desde el vientre de su madre, abortando a su hermana gemela para ser el único que salga a la luz e ir a la conquista del mundo.

—¿Eso lo contamos?

—Sí, se puede contar porque es el arranque de la historia. Y entonces hay tres situaciones en paralelo.

Un personaje que narra en un tiempo presente cómo fue su origen; sería un periodista de la BBC que está registrando el nacimiento de este nuevo ser particular y que va capturando todos los momentos importantes de este niño que nace con capacidades especiales. Y una familia que crea un hijo con problemas y no lo ve. Es la ternurita del hogar. Pero es una mierda de persona. Esa cosa de los padres y las nuevas modalidades de no retar, de no poner un límite, llevada a un extremo exacerbado.

Y la obra pasa por eso, por este nacimiento de este personaje, que quiere ser presidente de alguna manera, que quiere ser amo del mundo, que sabe que va a utilizar la violencia, que es la forma de ser dominante, que las mujeres no cuentan, que es fundamental una raza importante para esto. Y sin duda desde la fuerza. Y en paralelo, otros temas: cómo entra el capitalismo, cómo entra el manejo de los medios, cómo uno puede influir y persuadir a otro para conseguir lo que uno quiere, todo desde la mirada de un niño.

Por eso es tan particular. Y un poco el planteo son estas tres direcciones que mencionaba: un anfitrión que va a ir contando la historia, alguien que la está retratando como si fuera un programa de la BBC y después una situación de sitcom que está ahí, con una familia sobrellevando todo lo sucedido, siempre con la risa y siguiendo adelante, no viendo el monstruo que engendraron.

—¿Alguna otra situación que condense un poco el estilo y también la temática?

—Es muy particular, pero es de una contundencia enorme y muy salvaje cómo él habla. Habla de cómo el uso de armas condicionó la evolución del hombre: los primeros hombres, a la fuerza, engendraron en sus mujeres los soldados que necesitaban. Y de ahí para adelante, es de una violencia sostenida toda la obra, pero con un tono en donde lo que nos pasa de golpe es tanto que lo que vemos ya no nos impresiona. Hasta que nos terminamos acostumbrando a convivir con la guerra.

—¿Esa violencia está servida por el humor y el absurdo?

—Exactamente, sí, un absurdo alemán. Creo que la particularidad que tiene para mí este teatro alemán de los últimos años, a veces llamado posdramático, a veces teatro de discurso, creo que acá hay muchas cosas que se unifican: es esa capacidad que tienen ellos, tan distintos a nosotros los latinos, de poder transmitir ideas, tener discursos y que no se aparenten con lo emocional.

Hay algo de eso que lo tienen muy vivo. Ahora, cuando esas palabras suenan en Argentina, suenan en Uruguay, es imposible que lo ideológico, lo que estás pensando, lo que estás diciendo, no te atraviese emocionalmente. Y creo que esa es la particularidad que hace que Mayenburg o Pollesch u otros autores alemanes contemporáneos en estas regiones se vuelvan tan potentes y de otra manera, porque es imposible que no se vuelvan discursos de manera emocional. A nosotros nos pasa con todo, con el fútbol, y hay algo que nos atraviesa, con las ideologías, ni que hablar. O sea, se puede vivir en una familia, aunque pensemos distinto. Allá no pasa eso.

Por ejemplo, con este humor absurdo: la madre necesita una niñera, pero que no sea peligrosa sensualmente, porque seduce a su marido y a su hijo. Entonces deciden ponerle una máscara de gato para infantilizar la situación de esa mujer objeto y volverla un animalito. Entonces deja de ser peligrosa. Y ella no puede ocuparse de su hijo porque está cuidando en el sótano de la casa a mujeres golpeadas por los vecinos. Está el tema de la crianza, pero la obra habla de todo. Es una obra muy difícil de encajar, pero básicamente es el nacimiento de un monstruo. Es eso.

—Y supongo que la puesta visualmente tiene que ser muy efectiva y potente.

—Sí, para que acompañe eso. Tengo un hermoso equipo que El Galpón ha brindado, entre los actores, la gente de la parte de arte y todo. Estoy muy contento.

En lo visual va a tener esos distintos puntos de vista. A mí hay algo que, desde que trabajé con Pollesch, autor y director alemán, que yo dirigí tres obras de él, había algo en eso discursivo que a veces era reiterativo, pero que planteaba una manera muy inteligente de recuperar algo del cubismo, de cómo poder expandir todas las caras del cubo y tirarlas hacia adelante.

—Y además se multiplican el espacio y la visión.

—Exacto. Entre los tres puntos de vista que tiene de por sí la pieza, más una cámara que está capturando el resultado del programa y está escondida con las mujeres golpeadas y abusadas por sus maridos, se multiplica el espacio muchas veces, más allá de la frontalidad que uno ve de entrada.

Tiene múltiples lecturas. Básicamente, es interesante porque cómo de golpe habla de algo macro, internacional y de poder tan gigante, ubicado en un hogar, con los roles establecidos. Y cómo con eso solo, situándolo ahí, podemos tranquilamente entender sobre realidad internacional.

—Por último, ¿con qué propuesta venís luego como actor?

—Bueno, vengo con Paraíso, es mi nuevo unipersonal; ya traje Muerde acá un par de veces y estuvo espectacular. Y Paraíso es una obra de Inmaculada Alvear, autora española, que cuenta la historia de un empresario, de esos tipos bien ambiciosos, materialistas, xenofóbicos, racistas, machistas, una porquería de persona, pero, por un problema del corazón, le hacen un trasplante y recibe el corazón de una trabajadora sexual negra y dominicana, en las antípodas de su personalidad.

Y empieza una batalla interna, en donde también se pasan por muchísimos temas, para dar origen a un nuevo ser. Habla de un transicionar también. Y habla de eso, de conectar con lo realmente importante.

Uno muchas veces está detrás de la zanahoria, de lo material, y no se da cuenta de que está perdiendo los afectos, los seres queridos, las personas, su propia humanidad, por ir detrás de una zanahoria. Y la obra arranca en una segunda oportunidad. O sea, tener un nuevo corazón.

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